miércoles, 27 de mayo de 2009

FRIO

Frío, de repente, en mi ventana.
Frío, en la espera, de un final tardío.
Frío, en las calles, con las terrazas vacías.
Frío, en tus manos, que buscan mi abrigo.

Frío, en la noche sin Luna en mi ventana.
Frío, en mi cama, de hospital antiguo.
Frío, en el aire, de la ciudad dormida.
Frío, en el suelo, mojado de rocío.

Frío, en las mejillas de unos niños.
Frío, en los parques de mascotas paseadas.
Frío, y miedo a sólo sentir frío.
Frío, del viento que sopla en las fachadas.

Frío, de mis huesos helados por la pena.
Frío, por la pena de la ausencia de una vida.
Frío, que sólo se cura con un beso.
Frío, de tus labios en los míos.

lunes, 25 de mayo de 2009

MIS MOMENTOS MUSICALES Nº7

Es uno de los primeros vídeos que recuerdo, cuando, en los años ochenta, comenzaron a proliferar.
Nos muestra a un Phil Collins maduro, pletórico, genial, al piano, con una atractiva Marylin Martin Junto lo bordan. ¿Quién no quisiera haber sido Phil Collins y tocar y cantar así de bien?


sábado, 23 de mayo de 2009

ESCALERAS Y ASCENSORES

El odiaba los ascensores y ella las escaleras mecánicas.


La ciudad les albergaba a ambos, haciendo lo posible para que coincidieran en el vestíbulo de una estación, en unos grandes almacenes o en alguna cafetería de moda para que sus miradas convergieran y el amor surgiera entre ellos.

Y es que la ciudad era una gran alcahueta que se afanaba en conseguir unir a parejas escogidas de sus habitantes para que la energía de su pasión lograra encender alguna de las miles de bombillas que cada noche iluminaban sus calles.


Pero nuestros elegidos no ponían mucho de su parte. Cuando llegaban a la estación del metro que les encaminaba a su lugar de trabajo, que se encontraba en la misma parada, él descendía, leyendo un periódico gratuito, por la interminable sucesión de escaleras mecánicas, colocado pacientemente en el lado de la derecha, mientras alocados oficinistas se atropellaban para llegar lo antes posible al andén. El ascensor que se encontraba nada más pasar los tornos de entrada era más rápido, pero estaba lleno, y la claustrofobia le impedía utilizarlo. Y allí se encontraba ella, con sus auriculares y su cara de sueño, cada mañana a la misma hora.

Ella odiaba las escaleras mecánicas, le exacerbaban un nada disimulado vértigo. Siempre las habían aborrecido, desde que, de pequeña, cayó rodando el tramo completo de unas escaleras de un gran almacén, en pleno período de rebajas, arrollando a un grupo de siete marujas consumistas que estuvieron a punto de lincharla, ofendidas por hacer sido noqueadas por una mocosa de seis años. Las de su estación de metro de partida eran especialmente antipáticas, y siempre las había rehuido. Al principio recurría a las tradicionales de escalón fijo y barandilla, pero ahora estaba encantada por el ascensor, veloz y silencioso, que le conducía directamente a la puerta por la que debía acceder al vagón de metro, para así salir en su destino por el punto más favorable del andén.

La ciudad estaba desesperada, pues pensaba que estaban hechos el uno para el otro, pero la terquedad de ambos había imposible cualquier tipo de acercamiento. Les habían hecho vivir en la misma manzana. Luego a él le había cambiando de trabajo, junto en el mismo edificio que a ella, aunque habían colocado unas inexplicables escaleras mecánicas en el vestíbulos que les volvían a separar. La ciudad ya parecía darse por vencida y dejar por imposibles a estos dos enamorados en potencia.

Sin embargo, en los momentos en los que la desesperación se había mayor y más desesperada, dio con la solución y comenzó a urdir un plan. Sería el plan definitivo que terminaría por unirles para siempre. Haría coincidir todos los sincronismos de los diversos ingenios mecánico-electrónicos que funcionaban en la estación de metro para que sus ojos se encontraran frente a frente y surgiera el flechazo.

El plan seguí su curso: madrugón, entrada en la estación, ascensor junto a escalera mecánica, sincronismo total. El momento cumbre estaba a punto de llegar, pero algo ocurrió de repente: "Se informa a los señores pasajeros que, por incidencias ajenas a Metro, el servicio estará interrumpido durante más de veinte minutos". Y ahí quedó chafado el plan, o al menos eso parecía.

Como por arte de magia, las luces del andén se apagaron completamente, y sólo unos pilotos tenuemente iluminado indicaban la salida de emergencia. Las masas enloquecidas subieron corriendo por las escaleras apagadas, pisoteándose y lastimándose con desesperación. En unos minutos, sólo quedaron dos figuras solitarias , separadas nos metros, en un andén desconocido por lo desangelado.

Comenzaron a acercarse, eran ellos. "Hola", se dijeron. "¿Qué haces aquí sol@?", preguntaron. "Me dan miedo los ascensores", dijo él. "Pero si no funcionan", dijo ella. "Y a mí las escaleras mecánicas", dijo a continuación. "Pero si tampoco funcionan", añadió él. "Subamos pues andando", dijo finalmente. "¿Y la gente?, tengo agorafobia", dijo ella desconfiada. "No hay gente, sólo nosotros", contestó él.

Tras unos instantes, que a la ciudad, que observaba atenta, se le hicieron eternos, ella tomó su mano derecha, la besó tímidamente y, tras asirla con firmeza, le condujo a las escaleras de subida. Mientras ascendían, no sin dificultad, la luz volvió. Mirándose a los ojos, sonrieron y decidieron que siempre andarían juntos, con la única ayuda de sus manos, olvidándose de ascensores y de escaleras mecánicas.

La ciudad sonrió satisfecha y decidió irse a dormir, aunque eran las ocho de la mañana y todavía quedaban parejas a las que unir. Estas últimas horas habían sido duras, y mañana sería otro día.

jueves, 21 de mayo de 2009

OSCURIDADES

Oscuridad, templo de las almas dormidas,
durmientes o abotargadas.
Silenciosa, si eres total, anulas
aferencias a mis sentidos.
Fría, fruto del descuido luminario,
del apagón de energía, sin mañana.
Desorientada, sin puntos cardinales,
sin camino de salida ni de entrada.
Ciega de figuras y matices,
planicie de sinsentidos.
Austera, descolorida e inanimada,
carente de recursos y visiones.

Saber vivir en tu seno
hace ver más allá de los ojos.

Hazte sonora y reverbera
la música en tus paredes de silencio.
Hazte plácida, sin tensiones,
cobíjame entre tus pliegues.
Hazte guía en los puertos,
resuena firme en mi travesía.
Hazte ojos, manos, piernas,
gusto, tacto, olfato, pasos
en el corredor de la vida.
Hazte rica en los matices
de los colores, sin vista.

Cierra tus ojos y
abre tu mente a la vida.

miércoles, 20 de mayo de 2009

ADDIO FIORITO ASIL

Hola, me llamo Pinkerton y soy un joven teniente de la marina estadounidense, de descanso en mi casa tras haber pasado una temporada por el Pacífico, disfrutando de sus delicias, especialmente en Japón, donde me he casado con una chica de quince años, a la que he dejado embarazada y esperanzada por mi vuelta. Aquí tengo una esposa y una vida respetable, y allí también un hijo. No me interesa mi familia japonesa y así se lo voy a hacer ver. Ella creo que me ama pero sé que lo entenderá ...

Es tremendo, ¿verdad? Más tremendo es el final, que no voy a contaros.

Cuando vuelve Pinkerton a Japón y se da cuenta de lo que ha hecho, canta un himno de despedida que dice así:

Adiós, florecido refugio de la alegría
y del amor. Su apacible rostro,
con remordimientos atroces,
veré siempre.

Addio fiorito asil.


Sólo quisiera ser un capullo durante tres horas y cantar como Plácido para protagonizar una de las obras más bellas y sobrecogedoras de la historia de la Humanidad. Mientras tanto, me conformo con verla, escucharla y sentirla, eso sí, con un paquete de kleenex en la mano.


lunes, 18 de mayo de 2009

MIENTRAS ESPERO II

Mientras espero, sino cruel el mío, de nuevo escribo. Miro todo lo que me encuentro a mí alrededor y mientras miro, escribo y escribo. No sé muy bien porque lo hago, pero no encuentro remedio para dejar de hacerlo. Mientras veo lo que hacen los que me rodean, escribo y escribo. Ellos me ven, pero no saben lo que escribo.
El tiempo de la espera se hace largo. Lo dicen los niños, me preguntan mis hijos. El tiempo se hace largo mientras algo esperas, y nos pide que le matemos, pero lo hace porque sabe que él nunca va a morir, y que nosotros algún día lo haremos, pero nos consuela haciéndonos creer que le herimos con nuestras maniobras para despistarlo.

Suenas mariposas en mi estómago, aunque no son fruto del amor desatado, que también, sino de la falta de contenido en mi tubo digestivo. Eso hace algo más amena la espera, aunque el tiempo trascurra lento y provocador. Me esfuerzo para que las palabras queden bien plasmadas en la pantalla del portátil, pero no hay manera. Los errores de dedos rápidos y alguna falta de ortografía, ocasionalmente vergonzante, hacen que el hilo de la reflexión se vea interrumpido con las pausas requeridas para la corrección correspondiente.

Los monitores son rebeldes e interrumpen mi discurso. Los miro, contemplo sus colores y sus cambios con interés. Todo marcha bien, el escrito puede seguir sin peligro. La espera se acorta, mas se hace intensa por momentos. Los ruidos de mis tripas aumentan. Ya no son mariposas ni farfallinas ni butterflies ni nada por el estilo. Se han convertido en tripas corrientes y molientes, material primario de mi organismo, que reclama su sitio en la rutina diaria.

Reclaman su sitio las tripas. Han sido injustamente relegadas. El estómago habla al resto del cuerpo, avisando que ahí está, con sus primos los intestinos, el delgado y el grueso. Y dice que es mejor hacerles caso, por el bien del resto de órganos, aparentemente más nobles, pero en el fondo débiles y dependientes.

Chambao suena en la radio, y apaga los ruidos, casi rugidos, de mi tubo digestivo. Cedo ante sus avisos, me pliego a sus designios, termino de escribir, guardo lo escrito, cierro el portátil, busco un amigo y me voy a comer.

miércoles, 13 de mayo de 2009

ANTONIO VEGA

Todos tenemos nuestras razones para hacer las cosas bien o las cosas mal, aunque a veces hagamos las cosas sin razón. Equivocarnos cerrilles es una de ellas, seguir por el mal camino sabiendo que es así, a pesar de que los avisos son múltiples. Al final, incluso los malditos quieren seguir viviendo. La vida tira mucho, es todo lo que tenemos. A nosotros nos queda tu recuerdo, tus canciones y esa facha desgarbada que tanto nos atraía.

Aquí le veis, en el apogeo, en los años de dios de la música, de ídolo de la juventud madrileña, con la guitarra, el público entregado, dominando ("yo solo").

Siempre tendremos el NACHA POP 80-88, único e irrepetible, y el resto de sus discos. Antonio ha muerto, pero ya vive para siempre entre nosotros.