No, este no es un blog dedicado a don Miguel (de Unamuno, claro), pero es que con su comentario Pe me ha desperado mi vena catiza, y no hay nada más castizo que la zarzuela, y dentro de ella nada más que el pasadoble a dúo de "La del manojo de rosas", del maestro Pablo Sorozábal. La oído muchas veces, la he visto sólo una en directo, y cada vez que la oigo me gusta más.
Este chico tan guaperas es miembro del grupo Il Divo, no muy de mi agrado, pero es la mejor grabación de este pasaje de la conocida zarzueka de Tomás Bretón, en homenaje a las Izaldas del mundo unidas, jamás serán vencidas.
Revisitando me encuentro. Decían en "El nombre de la Rosa" que después de Aristóteles nada nuevo se había escrito y que no merecía la pena ni era de sabios e incluso debía perseguirse con especial ahínco la fea costumbre de interesarse siempre por lo nuevo, por un punto de vista diferente del clásicamente admitido y aceptado por todos. De ahí que, al menos durante los años que recuerdo del colegio, se dedicara especial interés a la Historia y la Literatura de ciertos siglos, sin quedar tiempo en el curso para ilustrar al alumnado sobre la vanguardia en las artes, hecho que, curiosa y afortunadamente, no ocurría en las Ciencias.
De ahí que revisitar sea un verbo un tanto denostado en la actualidad. A veces me ha tocado discutir, a la hora de escoger una peli, sobre los motivos por lo que había que ver varias veces la misma, con la cantidad de ellas que aún no habíamos visto...
... y con la cantidad de ellas que jamás veremos. Como esto es así afortunadamente, dejemos que la belleza nos llegue y que los sentimientos se repitan una y otra vez. Veamos películas antiguas. Seguro que algunas nos sorprenden gratamente, aunque seguro que otras que recordamos con emoción, ahora nos aburran soberanamente.
De momento eso no ocurre con Cinema Paradiso, que revisito estos días con la misma emoción de la primera vez.
Comienza con la melodía principal, el sol del Sur, ese mar azul, una terraza, una maceta, una cesta con limones ... El pasado, la infancia en el Sur del Mediterráneo. Sigue la música y llegamos alpresente, la gran Roma, en un cochazo, una casa grande, el ligue de turno.
Una conversación en la cama con truenos en la noche, dando sonido a una vida en el fondo atormentada. Suenan unas campanas y él empieza a recordar. Yo también empiezo a recordar, recuerdos de un tiempo que nunca he vivido, recuerdos vividos por mi padre, su misma época: el cura de armas tomar y el monaguillo pillo.
¿Quién no ha llorado, con o sin lágrimas, cuando se queman los negativos que guardaba Totó en su casa?
Pero en el fondo es una película de amor, de amor a la vida, a las raíces y amor en sí mismo, pero no os puedo contar más, sólo os dejo un fragmento para animaros a revisitarla. El que no la haya visto, se lo puede saltar y revisitarlo una vez esté en paz con el mundo y se haya empapado de esta joya del cine europeo.
Los tejados de Lavapiés arden en la noche de Agosto. Las gentes, pobladores ignotos de la ciudad cementada y, en ocasiones, levíticamente adoquinada, miran al cielo carente de estrellas, eclipsadas por las luces agresivas de las calles. La música sale de los balcones abiertos de par en par a la noche que parece que nunca va a darnos tregua.
Un piano recibe caricias en un salón iluminado por unas velas que están a punto de consumirse. Los vecinos comienzan, algo irritados, a oír las melodías que salen de aquella casa, aquella casa en la que nadie vive desde hace siglos, ¿o eran horas? El marfil y la caoba de los muebles, de las teclas de un piano en la pared, sin una voz que lo acompañe, al menos en los primeros acordes.
Cuentan que a este barrio vino a vivir un negro cubano, alegre y zumbón, y quedó prendado de la voz de un chico gitano nacido en pleno rastro, entre guitarra, mueble viejo y olor a fusión. Cuentan que una vez un chico gitano de los madriles escuchó a un pianista cubano, negro, viejo y guasón y decidió regarle al mundo las canciones más bellas que jamás se han contado.
Y cuentan, y lo cuentan porque es verdad de la buena que todos los payos blancos que la escuchan lloran en silencio por miedo a no poder soportar tanta belleza.
Mi amiga cibernética y lecto-escritora Sara León me ha otorgado un premio de amigso de internet, que muestro orgulloso. Animo a todos los que me leen a que pasen a visitarla en su blog "Crónicas de la mano izquierda".
Es el primer post de la historia que es comentado antes de haber sido escrito. Por tareas varias, solamente quedó reflejado el título, con el texto aún sin plasmarse. Siempre he pensado que es una gran verdad que lo bueno de irse de vacaciones es que, cuando finalizan, vas a volver a aquel lugar que abandonaste por un tiempo limitado, largo al principio, escaso, casi siempre, al final. Es bueno salir de la ciudad. Los que vivimos en la gran ciudad necesitamos dar un garbeo por el mundo exterior, ver otras gentes, espiar sus costumbres, meternos en su mundo, dejar que nos hagan suyos unos días, para llevarnos su esencia en las alfoljas vacias al llegar. Es bueno salir de vacaciones con la gente a la que más quieres, vivir juntos el día entero, sin prisa, pero sin pausa. Es bueno aprender a convivir, dedicándonos a nosotros mismos, porque entre tanto madrugón, trabajo, guardia, clase, actividad extraescolar, el tiempo parece no querwer parar y no nos permite mirarnos a los ojos sin ningún motivo, con la única intención de mirarnos a los ojos. Es bueno llevarse cosas de los lugares que se visita. ¿Qué me he traído de mis vacaciones? De la Toscana, el paso a una década distinta, un paseo en bicicleta, un baño en piscina de agua medicinales, charlas con gente simpática y buena y mucha belleza. De Villaesper, el querer seguir haciendo cosas y la nostalgia de los recuerdos. De Zahara, la luz, el viento, el mar, arena de la playa, la puesta de sol y muchas ganas de volver. ¿Qué te has traído tú?
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