Los ordenadores "dan más guerra que un hijo tonto". El sabio refranero español me ha parecido siempre cruelísimo en este caso, aunque también es difícil que pueda ser más gráfico. Lo malo de la tontuna a la que el refrán es que no suele tener solución, y constituye un terrible drama para la familia que le toca sufrirlo.
Divagaciones aparte, os diré que aquí me encuentro, escribiendo en mi teclado inhalámbrico del ordenador de sobremesa de mi casa, frente a la pantalla plana, y con la CPU abierta, y entre mis piernas. No, no se me ha ido la olla ni he desarrollado una parafilia difícil de sustanciar, pero que seguro que acarrearía una fama de características universales. El problema es que el ordenador está "porculero". Se me apaga, se me bloquea, va lento ... Una delicia.

He de reconocer que mi vida informática es y ha sido bastante promiscua, valga la expresión, no como la otra que es del todo formalita. He cambiado de ordenador como ligoncete de barrio cambia de novia, sin remordimientos, aplicando la doctrina de "a rey muerto, rey puesto" sin ningún tipo de pudor ni remordimiento.
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(Esto ha sido una pausa para guardar lo escrito hasta ahora, que me conozco el percal).
El problema es que mi ordenador es bastante nuevecito y caro, como si fuera una especie de Audi informático, y pensé que con esa filosofía lo normal es que no diera la lata, que Internet fuera como un rayo, el Emule a tope y los juegos fenomenal. Es en este tercer punto donde empieza a flaquear el amigo: de juegos, nada de nada. Los pongo y va como una diligencia, lo quito y a correr. Solución: a leer, escribor, dormir o lo que sea y si quiero jugar, me compro la Wii.
"Quito los juegos, vale, quito los juegos". Y el capullo se apaga a los cinco minutos de arrancar. "Me compro uno nuevo", pienso. "Pero si está en garantía", medito. "Yo lo arreglo solo, que llevarlo a la tienda es una lata, y además estoy sin ordenador una semana, y a ver luego cuando voy a por él, que mi churri pasa, que si le duele la espalda, pesa mucho, yo me entero mejor de todo y además hay que ir en coche y no sé aparcar", reflexiono. "Que no, que no, que por mis "eggs" yo lo arreglo", decido finalmente.
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(Otra pausa para guardar)
Cojo mi caja de destornillador multicabezas (regalo de un día del Padre) y empiezo a destripar la CPU. "¡La estoy viendo en bolas!", pienso algo trastornado. "¿No será algo guarrilla?", se me enciende la bombilla (sin haberlo planeado, me ha salido un pareado).
Efectivamente, veo polvo y polvo por todos los rincones e interioridades de la CPU. Me armo de bastoncillos para oído, trapos y hasta aspiradora. Salen montañas, kilos de polvo y esto parece que vuelve a funcionar, de momento.
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Han pasado las horas y sigue funcionando. Aprovecho para desfragmentar la unidad, ufano por mi éxito. Me beso a mí mismo, he vencido.
P.S.: Sigo odiando los ordenadores porculeros, que en el fondo son todos, y decido uncluirlos en mi ya larga lista de fobias (aterrizajes, multitudes, agujas).
P.P.S.:Como dentro de 30 años los superordenadores del futuro lean este post, me liquidan a lo "Yo, Robot".